- Una cajetilla de cigarros
- Dos cervezas (para ella)
- Dos presidencola (para mí, sí, tomaba eso)
- Un kilo de frituras con forma de lagrimita
- Limón y salsa al gusto
Todo comenzó un día que ella tuvo un pleito con su novio (o algo así) y llegó de la escuela con lo anteriormente mencionado (recuerdo con mucho gusto y claridad su grito de CHAAAAAARRRR, siempre hacía eso cuando llegaba para saber si estaba) y después de confirmar que sí estaba subió y me mostró lo que se llamó a partir de ese momento "Kit de la depresión", mismo que consumíamos mientras platicábamos de nuestras increiblemente complicadas vidas de mujeres de 20 años (¿se notó el sarcasmo?)
La pasamos muy bien juntas, hasta el día que nos pidieron la casa y tuvimos que buscar otro sitio para vivir, terminamos viviendo cada una por su lado, a una cuadra de distancia y cuando quedábamos de vernos nos encontrábamos en la esquina para ir a tomar un café a la plaza "pa' que nos diera el aire" porque trabajábamos en sitios cerrados y nos daba añoranza ver el cielo y sentir el aire en la cara.
Después se mudó y fui a visitarla muchas veces en los estados donde vivió, siempre fue como si no nos hubiéramos separado. Hoy le hablé por teléfono después de seis meses y fue como si le hubiera hablado ayer.
A tú salud, para que sigan las llamadas y las visitas.
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Estoy leyendo la historia novelada de Lucrecia de Borgia, ya leí 550 de sus 600 páginas y sigue sin convencerme.
Antes de ese leí "El buscador de cabezas" (gracias Sr. Monitor) y lo disfruté mucho, entre otras cosas viene muy ad oc a los tiempos electoreros, además que la historia de un fasista que se enamora de una hippie-punk mientras trabaja para un gobierno de ultraderecha, suena a un guión demaciado bueno para dejarlo pasar.
